La Provincia Carthaginensis. Una reforma de Diocleciano en la “Crisis del Siglo III”

Autor: Raúl Palacios Valero

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Una crisis que contagió a todos los sectores económicos y sociales del Imperio, una nueva religión cada vez más extendida, unas fronteras cada vez más amenazadas, y un nuevo emperador emergido del ejército. En este contexto nace la Provincia Carthaginensis, fruto de la necesidad de mejorar el control sobre el territorio y aumentar los beneficios fiscales, así como un reconocimiento de la importancia y capacidad de influencias de la Carthago Nova romana. Diocleciano impulsó estas reformas territoriales dividiendo al Imperio en un total 95 provincias entre el 297 y el 314 d.C., en mitad de la conocida como “Crisis del Siglo III”. Pero, ¿cómo influenció esta coyuntura a la reforma administrativa?, y ¿que papel jugó en el devenir de la historia la nueva Provincia Carthaginensis? Hagamos un repaso de los acontecimientos que se sucedieron.

Vista occidental Cartago Nova
Recreación de la ciudad de Carthago Nova

A finales del siglo II el Imperio Romano controlada un territorio de proporciones abismales. No obstante, las épocas de paz y prosperidad dieron paso a un periodo de enorme inestabilidad institucional. La nueva dinastía de los Severos inauguraría el nuevo siglo con la Constitutio Antonina del 212 d.C. a través de la cual se le concedía la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio. El edicto escondía unos objetivos encaminados a solucionar los problemas económicos y territoriales que se iban agudizando. Con el aumento considerable del número de ciudadanos no sólo crecían los ingresos fiscales sino que también aumentaba el número de cabezas que podían alistarse en el ejército. Pero además, con los Severos también cambió el panorama político y económico. La dinastía cortó la tradición adoptativa y se caracterizó por la sucesión filial, el despotismo se adueñó de los gobernantes, y el ejército se convirtió en el verdadero poder del Estado.

Busto del emperador Caracalla, promulgador de la “Constitutio Antonina”

La economía romana tampoco pasaba por su mejor momento. Las epidemias y  las constantes guerras dañaron excesivamente la demografía imperial. En los lugares más profundos del Imperio las gentes emigraban al campo en busca de unas mejores condiciones de vida, mientras que en determinados territorios, la inseguridad forzaba a desalojar el campo y emigrar a núcleos urbanos amurallados. La reducción de la población trajo consigo una crisis de producción incrementada por la escasa inversión que se aplicaba, así como la consecuente reducción del comercio. La tensión social entre la clase ascendente, los ecuestres, formados por altos cargos del ejército, y el ordo senatorial, así como la cada vez mayor expansión del cristianismo, fomentaron la crispación entre los habitantes del Imperio.

Represión a los cristianos

El emperador Aureliano, comenzó las primeras reformas del siglo III que se veían tan necesarias y consiguió volver a la unidad imperial que se había disipado unos años atrás con la independencia de algunos territorios. Su temprana muerte, no obstante, abrió paso a otro líder que emergió del ejército y que completaría la reformas políticas, militares, sociales y administrativas que el Imperio tanto necesitaba: Diocleciano.

Monedas con el rostro de Diocleciano

Diocleciano se empeñó en solucionar estos problemas inmediatamente, y puso en marcha tan pronto como pudo sus primeras medidas. Roma veía desde hacía tiempo como grandes contingentes del ejército quedaban bajo el control de pocas manos, y el ejército tenía la capacidad de dar la última palabra. Por ello, Diocleciano separó los poderes militares de los políticos aumentando el número de cargos del ejército, creando carreras militares, y enviando a las legiones a las zonas de conflicto para aumentar la seguridad. Inmediatamente después comenzó su reorganización territorial del Imperio. Lo dividió primero en cuatro grandes “Praefecturas” (Galia, Italia, Ilira y Oriente) situando al cargo de cada una de ellas a un prefecto, para mejorar la gobernabilidad de cada una de ellas, correspondiendo luego a la famosa “Tetraquia”. Después dividió estas en “Diócesis” que permitieran aumentar la presencia imperial en los territorios, como la “Diócesis Hispaniarium” que ocupaba toda la Península Ibérica. Y para terminar, reorganizó las provincias en las que se dividían estas estableciendo un total de 95 unidades provinciales, entre las que se encontraba la Provincia Carthaginensis.

La Carthaginensis, con Carthago Nova al frente, se constituyó como la provincia de mayor extensión en toda la Península Ibérica. De hecho bajo su dominio se establecieron 63 comunidades de importancia asentadas en gran parte de la Meseta, el Levante, Sureste y las Islas Baleares. Gobernada por un vicario con su correspondiente consejo de gobierno, el oficium, se administraba justicia, se supervisaban obras publicas, se dirigía la seguridad de la provincia y se ejercían competencias fiscales. Carthago Nova recuperaba el protagonismo institucional, mejoraba su estatus, y se constituía como una importante base de operaciones políticas y militares, cuando unos años mas tarde el emperador Mayoriano la convertiría unos años después en la base de la flota romana. El cristianismo no tardaría en hacerse cada vez más evidente en el tiempo, utilizando el mismo orden administrativo teritorial del Imperio para establecer sus “diócesis eclesiasticas”. De tal forma, la Carthaginensis pronto se convertiría en una “provincia eclesiástica” a la que se subordinaban diócesis cristianas como la de Toletum o Valentia, contando según Orlandis con un total de 21 obispados, y logrando sobrevivir hasta más allá de la ocupación Bizantina para que luego Alfonso X la restaurará en el 1250

División provincial de la Diócesis Carthaginensis

De esta forma Carthago Nova se convirtió de nuevo en una de las ciudades más importantes del Bajo Imperio. A pesar de la reducción de su núcleo urbano y un estancamiento de las relaciones comerciales que tiempo atrás tantos beneficios le habían otorgado, “la trimilenaria” siguió fuerte economicamente durante esta crisis del siglo III gracias al aumento de las exportaciones de garum, el producto mas señalado de nuestra tierra en tiempos imperiales. Pero entonces, ¿hubo crisis o no hubo crisis?. La verdad es que la “Crisis del siglo III” sigue siendo hoy en día un problema historiográfico que recoge diferentes opiniones e interpretaciones y está abierta a debate. La certeza de la inestabilidad política del momento, la reducción de ciudades como la propia Carthago Nova y la paralización del comercio, se contraponen con la supervivencia del Imperio con su correspondiente transformación, la expansión de otros núcleos urbanos como Rávena o Sagunto, y la proliferación en el ámbito rural de villas como núcleos industriales. Así pues, debemos considerar de una forma u otra que el Siglo III es un periodo de cambio donde el sistema imperial continuó su camino con algunas variaciones, como la regionalización de sus politicas y el establecimiento de nuevas provincias.

Ánforas tardorromanas