El Almarjal: Un foco de enfermedades

Autor: Raúl Palacios Valero

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Si miramos atrás en el tiempo descubriremos que la fisionomía urbana de la ciudad ha cambiado tanto como lo ha hecho su topografía. Cartagena comenzó siendo en tiempos de Mastia, una ciudad asentada sobre una pequeña península rodeada al norte por una laguna salada, que por medio de una lengua de agua se unía al sur con el Mar Mediterráneo. Mandarache o como se le denominó después, el Almarjal, sirvió para convertir a Cartagena en un punto casi inexpugnable y en un enclave defensivo excelente, y trajo beneficios económicos a quienes supieron sacarle partido, pero también sirvió como criadero de enfermedades.

Zona del Almarjal en 1919

Con el paso de los años, las aguas del Almarjal fueron recibiendo sedimentos fruto de la erosión de los montes y campos que se encontraban a su alrededor, fruto también de los desechos que la actividad humana causaba. Como consecuencia, la laguna se fue transformando en una llanura pantanosa cuyas aguas se convirtieron en un hervidero de mosquitos y especies desagradables. De hecho, ya en tiempos de la reconquista castellana, comenzaron a germinar en sus aguas fiebres que fueron actuando en la población, mermándola durante años, sin que la atrasada medicina medieval pudiera hacerles frente. Estas enfermedades iban a continuar durante el siglo XVI, cuando alcanzan un nivel hostil y verdaderamente peligroso para las gentes cartageneras. Las fiebres se convirtieron en epidemias que se cobraron miles de vidas hasta casi aniquilar la población de la ciudad portuaria. Paludismo, cólera, peste y fiebre amarilla fueron los mayores enemigos de la población de Cartagena durante siglos, obligando incluso en 1814 a suspender las Quintas por falta de jóvenes, o a desarmar por esas mismas fechas los buques que fondeaban en su puerto por escasa tripulación.

Visión desde el Monte Sacro en 1919

A pesar de ser una ciudad fuertemente militarizada, de ser un puerto clave de gran valor estratégico, y de encontrarse muchas veces en una posición fronteriza, no fueron las guerras ni los ataques berberiscos los mayores peligros a los que se tenían que atener los cartageneros. El peor enemigo estaba en casa, estaba en la laguna que había junto a la ciudad, estaba en el Almarjal, que progresivamente se fue convirtiendo en un foco de enfermedades y epidemias que acosaba continuamente a la demografía de Cartagena.
Por tanto, la insalubridad y fuente de problemas de primer orden que originaban la laguna, además de las limitaciones que imponía a la evolución del tejido urbano de Cartagena, hicieron que se tomara la decisión de eliminarla, primero con la construcción de un puerto militar y la desviación de la Rambla de Benipila hacia la Algameca, y segundo procediendo al desagüe del resto. Seguidamente se rellenó el terreno resultante y se repartieron las fanegas de tierra a suerte entre los labradores de Cartagena. A finales del siglo XIX el antiguo Almarjal se organiza urbanísticamente con el plan del Ensanche, que se pondrá en ejecución durante los primeros años del siglo XX. Sin embargo, los problemas seguirán sucediéndose en la zona que ocupaba la laguna ahora desecada, con problemas de desagüe e inundaciones que afectaron a toda la ciudad.

 

 

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